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La vida y los sueños en los ’80 y ’90

Por Daniel Fuenzalida Ferdinand.

Esperaba que llegara el yogur a la mesa. Lo abría con fuerza, ansioso. Con la cuchara estiraba prolijamente la tapa. Fantaseaba que apareciera la parte del auto que me faltaba. Yo quería ganar. En rigor era una época de sueños (de todo tipo) y conformismo, donde un potrero y una pelota bastaban para ser feliz.

Me piden que cuente cómo era mi vida en los 80 y 90. Y mi primer sentimiento es de nostalgia por una época linda de mi vida. A bordo de mi  bicicleta perseguía el carro de bomberos de 17 Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Su cuartel estaba distante a pocas cuadras de la casa de mis papás. Como era lógico la máquina, la que a la postre tripulé como Voluntario hecho y derecho, siempre llegaba antes a los llamados de emergencia. Yo pedaleaba, sudaba, y conseguía observar a la distancia cómo se combatía el fuego. Era mi primer anhelo de cabro chico: ser un caballero de fuego. Hasta que lo logré.

A mediados de los ‘80 ya comenzaban los primeros pololeos. Los amores de carta y el mensaje de alguna chica que te decía que ella te quería. Era el tiempo donde te mandaban papelitos con corazones y mensajes en clave como SAL (Se Aman locamente), AJO (Amor jamás olvidado) y cosas así.

Eran fines de semana donde lo más sagrado era ver “Sábados Gigantes” en familia. Más tarde era “El Chavo del Ocho”. El rito consistía en tener el televisor prendido más allá que uno estuviera mirando la pantalla. Eran viernes de “Video Loco” y tardes de walkman mientras sonaban Los Enanitos Verdes, Virus o Soda Stéreo.

La moda nunca anduvo cerca de mis preocupaciones. No recuerdo haber lucido pantalones amasados ni zapatos Pluma, como era la tendencia. En todo caso no me alcanzaba para acceder a marcas. Entonces optaba por  conseguir etiquetas (Levi’s etiqueta roja y naranja) y las pegaba a mis jeans comprados en el Bio Bio. 

Las primeras fiestas eran memorables. El carrete era entre el Miguel León Prado y el Corazón de María, el colegio de minas. Eran los tiempos donde esperas ansioso el lento –el clásico blú- que nunca llegaba. Y cuando el DJ se decidía a hacer sonar la canción preferida estabas solo.

Las chiquillas lucían botas hasta la rodilla, en onda Xuxa, y los flequillos en el pelo eran in, como diría mi amigo Gonzalo Cáceres.

Así llegaron las primeras pololas y las carreras al teléfono público del barrio a llamarla. Así llegaba el momento de ir al cine. Yo impeque, empapado en Pino Silvestre y con la plata justa para la entradas y las cabritas. Ella vestida con un pantalón descolorido y chaqueta de cuero, traida por su papá desde Mendoza. El viaje al cine ya era una aventura. A bordo de otra micro el destino era el Cinerama Santa Lucía.

La manito en la rodilla. La talla en el momento preciso y el beso. Si, el beso que tanto esparabas. De vuelta a la casa de la niña todo era distinto. Ya era de la mano, hablando cosas sin sentido y esperando encontrar el lugar más oscuro.

Eran los últimos años de los 80 y los inicios de los 90. Tiempos donde se disfrutaba con poco. Salir con una luca en el bolsillo era un dineral. Donde se caminaba más que Kung Fu por Santiago y donde el manjar más preciado era un completo en un carrito cercano al Pedagógico.

Sin internet la vida era más simple y feliz. Había que mandar saludos, sacar a la bailar, preguntar el nombre y después de un trámite atinar (consumar en grado1). Hoy todo es distinto. La vida es más rápida, fría e impersonal. Son otros tiempos, sobre todo hoy cuando una buena parte del país está confinado.

Me siento orgulloso de  haber vivido los ‘80 y ‘90, los años donde la tecnología no era el eje central de nuestras vidas –un reloj Casio y un Atari eran los regalos más preciados- y  donde estaba permitido soñar por un futuro mejor.

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Un homenaje a su majestad, Madonna

¿Existe alguna figura que logre el título de ícono musical de los ‘80 y ‘90? La respuesta es sí. Su nombre: Madonna.

Nadie discute que es la figura central de la pista. Quién podría dudar que la chica que cantaba “Like a virgen” y que tenía fuertes reminiscencias a Marylin Monroe -en “Material girl” el guiño es elocuente- es y será “la reina del pop”.

Emblema del mundo gay mundial y bandera representativa de una generación, Madonna merece mucho más que una nota para destacar sus éxitos, permanencia y trascendencia en la música mundial.

Los fans más acérrimos de la cantante italo-norteamericana recuerdan esa apariencia rebelde de sus primeros años artísticos. Con un cierto tufillo punk en su apariencia –algo de Blondie y Siouxsie & The Banshees había en ella- irrumpió en la escena como un huracán y no se detuvo. Unió a su estilo una irreverencia que venía en sus genes mediterráneos. El resultado explosivo lo vemos y disfrutamos hasta hoy.

Partió como baterista

Madonna Louise Veronica Ciccone nació en Bay City, Michigan, EE.UU.

Su padre era italiano y su madre franco-canadiense. Ella murió cuando Madonna era sólo una niña.

A la edad de 16 años, se mudó a Nueva York y allí le concedieron una beca para estudiar danza. Más tarde, se trasladó a París para actuar como corista, pero vuelve a Nueva York y se integra en un grupo de música llamado The Breakfast Club, en el que ella se hace cargo de la percusión.

En los años siguientes, lanza algunos temas pero ninguno tiene excesiva repercusión hasta que publica Holiday, que entró en el top 20 norteamericano. Ese año estrena su primer disco (Madonna. The First Album). La fama llega en el año 1984: es el momento en el que da a conocer su album Like a Virgin, que rápidamente se convierte en número uno en ventas.

A partir de ahí, suma y sigue, la carrera de Madonna se dispara con otros exitazos como Papa Don’t Preach o La Isla Bonita del LPTrue Blue.

Madonna ha sabido mantener su vigencia. Desde el punto de vista de la moda, impuso en los 80 moños, guantes de encaje, medias y minifaldas.

Feminista y rebelde, ha sido catalogada como “el rostro humano del cambio social” y un chiche de la posmodernidad. Su discurso ha desafiado el establishment por décadas y ella disfruta cada vez que logra comentarios negativos del aparato conservador.

El Estado Islámico incluyó su nombre como una “palabra prohibida”; incluso se la ha catalogado como un ícono cultural depravado, subversivo y un instrumento utilizado por Satanás.


Autor: C.E.H.
Fuente: The New York Times.

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La historia de un ícono ochentero: Subaru 600

Era aperrado, económico y funcional. Llegaron a Chile procedentes de Japón y fueron adoptados por la clase media debido a su bajo precio y sus múltiples beneficios.

El Subaru 600 Rex representa la avalancha de citycars provenientes del continente asiático en medio de una apertura económica que vivía nuestro país, impulsada por un frenético libre mercado.

El Subaru 600 es ícono de esta generación. Se vendió entre 1978 y 1987. Su llegada a Chile fue de la mano de Indumotora en dos versiones: dos y cuatro puertas. En 1983, su valor era de 218 mil pesos.

Sus dimensiones alcanzaban eran 3.185mm de largo, 1.395mm de ancho y 1.325mm de alto. Su rendimiento, en tanto, era a prueba de bolsillos devastados: 16 kilómetros por litro.

Su máscara era simple con el logo de la marca alrededor de una U extendida cromada. El capó contaba con una línea central y dos suaves canaletas a los costados, haciendo que el perfil de este elemento se levante en sus extremos, para dar cabida a las luces.

El tablero instrumental era más sencillo que una sopita de pan. A la izquierda se ubicaba el velocímetro que llegaba hasta los 120 km/h, con cuentakilómetros y odómetro de viaje. Inmediatamente a su derecha estaba el indicador de nivel de combustible y el de de temperatura del refrigerante del motor, bajo estos se indicaban los los señalizadores (en color verde) y el de luces altas o de carretera (en color azul), además de cuatro testigos importantes agrupados: aceite, frenos, carga de batería y funcionamiento del desempañador. Un crá.

La radio Clarion de los Subaru 600 venía un sistema para radioemisoras AM provisto por con la opción de presintonizar hasta cinco emisoras, como Portales, Chilena, Monumental y Minería.

Fuente: Rutamotor.com

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Moda vintage trajo de vuelta los ochenteros relojes Casio

Hubo una época en que para ver la hora recurríamos a relojes… ¡Sí, relojes! Aunque suene obvio. Es que ante la ausencia de celulares mirábamos la muñeca y para eso los japoneses nos invadieron de aparatos digitales.

En su mayoría eran color plata y llevaban videojuegos incorporados. Sí, como lo oyes. 

Gracias a estos inventos tenías la diversión incorporada a tu brazo. Así que si ahora te dicen los de la generación Z que ellos tienen videojuegos en su smartphone, puedes decir que tú tuviste hace mucho tiempo lo mismo. ¡Chúpate esa!

En Santiago, en el pleno centro, había una tienda clásica: Panamtur. Allí se comercializaban los más “modernos” relojes ochenteros y noventeros mientras sonaba una musiquita incansable, tipo juego de luces de árbol de Navidad.

El más taquillero de la época era marca Casio. En sus costados tenía unos botones duros como palo a la hora de obturarlos. Con ellos podías ver la hora (números digitales), poseían luz, cronómetro y alarma. Una hemorragia de modernidad para la época.

Y como la moda vintage está pegando fuerte, hoy podemos ver en vitrinas nuevamente los viejos relojes ochenteros en versiones 3.0. Las cajas son idénticas, pero con tecnología actual.

Blogueros y hípsters en general rescataron del baúl ochentero el reloj de nuestra adolescencia que de este modo ha vuelto a convertirse en signo de modernidad, como sucedía en el patio del colegio. 

En su día lo vimos en la muñeca de Michael J. Fox en Regreso al futuro (1985), de Sting en alguna portada de The Police, nada menos que a Barack Obama.
Incluso los servicios de inteligencia han prestado atención a estos relojes, habituales entre Bin Laden y sus secuaces. Un casio a estudiar.

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Historias

Los 80 y 90: Feromonas y rock

Por Claudio Espinosa H.
@claudiomedial

Poco se ha escrito sobre la hipersexualización de los chilenos durante los 80 y 90. Dos décadas de cambio, libertad individual y colectiva que tradujo en conductas más agresivas en lo que social con un desbordante crecimiento de la industria alusiva al sexo.

El fin de la dictadura fue un momento clave en la historia de nuestro país. Y no solo desde el punto de vista político. Fue un instante donde las ataduras quedaron atrás y los chilenos salieron a la calle en busca de nuevas sensaciones de libertad.

Surgieron en plenitud los moteles como epicentros del amor cronometrado. Durante un período acotado de tiempo las parejas encontraron en este tipo de lugares el mejor lugar para tener relaciones sexuales. De la mano llegaron los driving, espacios donde el usuario entraba en su auto a pequeños estacionamientos. Allí un garzón atendía por la ventana del vehículo. La complicidad y tranquilidad era perfecta. El más conocidos en este ambiente era “El Sarao”, ubicado en Avenida Las Condes.

Hasta con piscolas

El boom de la educación universitaria privada hizo que manzanas del viejo Santiago (barrio República, principalmente) se convirtieran en polo de atracción. Y junto con las nuevas sedes académicas se instalaban los moteles en añosas casonas. El éxito comercial creció y se multiplicó la oferta. Ya no solo se ofrecía una habitación, sino que también un “regalo de la casa”: dos piscolas.

Fue el instante donde la prostitución encubierta de los café con piernas tuvo un boom. Enclaves famosos eran la Galería Plaza de Armas o el Caracol Bandera donde los parroquianos podían interactuar con las bailarinas a vista y paciencia de todos los clientes. El éxito trascendió el contexto histórico y hasta hoy viven este tipo de lugares en diversos puntos de la comuna  de Santiago.

El cine no estuvo ajeno a la sexualidad desatada de un Chile ávido de sensaciones. Primero a través de salas donde la cartelera eran películas de bajo presupuesto y donde las butacas eran empleadas para mantener relaciones sexuales. La industria era pujante e incluso avisaban en diarios de circulación nacional los éxitos. Una de las salas emblemáticas era el Cine Apolo.

Dirigido al mismo público iban los largometrajes de un pionero del cine porno criollo: Leonardo Barrera, director cinematográfico chileno responsable de variadas producciones, entre ellas el primer filme porno aceptado por el Consejo de Calificación Cinematográfico (CCC). Se trató de “Confesiones de una adolescente (ninfomaniaca)”. Sin embargo su ópera prima fue “Hanito, el genio del placer”. Después llegó “Apelación sexual”.

La historia cinéfila de Barrera se pierde con “La mina que se comió a los 33”, cinta dedicada a la historia de los mineros atrapados en la mina San José. Por falta de presupuesto, el rodaje nunca llegó a su fin.

Era marzo de 1987 y Sabrina (Salerno) lanzaba su tema “Boys” junto a un videoclip que la mostraba en una piscina luciendo un bikini blanco. Todo un ícono sexy que encendió las fantasías de una generación.

Discotecas como “Gente”, “Las Brujas” y “Casamilá” se convirtieron en favoritas. Para llegar a ellas era necesario ir en auto. Y si era un Renault 5 turbo o un Toyota Celica, mucho mejor. 

Entre las mejores de la época destacaba “Eve”, local que actualmente vive un resurgimiento. En la historia de la sala de Vitacura destaca una agitada noche de los años 80, cuando la cantante Grace Jones pidió ir a conocer el lugar después de grabar para el estelar de TVN “Vamos a ver”. Durante un tiempo el lugar fue adjudicado a Miguel Piñera y se cambió de nombre a “Studio 54” y, posteriormente, “Primitive”.

¡Uff uff, qué calor!

En los veranos, la hipersexualización de los chilenos tomaba otro cariz. El destino era la costa. Viña del Mar y El Quisco, en la zona central, eran los lugares más taquilleros para la época. 

Entre Reñaca y Concón figuraba un lugar inolvidable. En el reventón ochentero playero era imposible no pisar “Topsy”, una discoteca que tenía la denominación como exclusiva, pero que en rigor no discriminaba más que por los precios de las entradas.

El diario La Tercera publica en su edición web un párrafo sobre la historia de este mítico lugar:

– “Pensado como un lugar de recreo nocturno de elite, el Topsy se inauguró en 1967 con una fiesta en la que cantó el Pollo Fuentes (“Dirladada”) mientras Jaime Guzmán bailaba alegre con las hermanas de Jovino Novoa, según consignaba El Mercurio en una simpática nota a 20 años del asesinato del ex senador. Esa noche marcaría el comienzo de una larga historia discotequera que incluiría años dorados, bajón post Golpe y subidón ochentero con aquiescencia CNI, derivando en los 90 en un local masivo, de mucha promo y muy dado al ahuevonamiento, a la mocha surfer. Igual yo iba harto, todo olía a perfumes ácidos y tragos con azúcar flor mientras sonaban fuerte Night Train, Be my Lover, What is Love (Baby don’t hurt me)”.

Las noches terminaban en sexo en las dunas y frente al mar. Una liberalidad hippie y crossover digna de análisis. 

Los años 80 y 90 hicieron avanzar a un ritmo desenfrenado. Paren el mundo que me quiero bajar, tal como decía Mafalda. 

Era el mejor ambiente para que “Los Prisioneros” lanzaran uno de los temas más recordados –¿acaso alguno de sus éxitos no lo es?: “Sexo”. Una canción que resume el sentir de una generación:

– “Ya no hay que enroejecer, es cotidiano ya lo ves / Ahora la virginidad es una cosa medieval”, decía Jorge González en una de las estrofas de la canción.

El ambiente de los 80 y principios de los 90 estaba empapado en feromonas. Imposible dejar de mencionar el número 141. Al discar esos tres digitos en cualquier teléfono una voz entregaba la hora y la temperatura. Tras el mensaje quedaban escasos segundos que eran aprovechados por personas que vociferaban sus datos: “Hola! Soy Pedro y mi número es XXXXXX”. Eran instantes preciados para ampliar el abanico de “amigos”, ya que en el otro lado habían otros y otras. Algo así como un Tinder sin foto ni tiempo para dar a conocer quién eras. Si alguien captaba tu teléfono era una posibilidad cierta de conocer gente nueva. Curiosidades de una época.

El cuerpo humano poco a poco dejaba de ser tabú para una juventud en llamas. El año 1992 la actriz Patricia Rivadeneira protagonizó una performance desnuda en el Museo de Bellas Artes. Su objetivo: protestar contra la discriminación.

Mientras el arte se mezclaba en la sociedad con el desnudo como bandera de lucha, la prensa daba luces de los tiempos: el diario La Cuarta elegía a Miss Costa Azul y Miss Tanga. Era 1985 y no existían los elementos para juzgar este tipo de certámenes. Nadie hablaba de feminismo y menos cosificación de la mujer.

Era 1990 y el contenido sexual en las letras de las canciones era la tónica. El rock argentino era prolífico en canciones que invitaban a “hacer al amor” y Spinetta cantaba Sexo, amo tu sexo mujer/ No creo en nada si no hacemos el amor/ Sexo, como el de un niño al nacer/ Te veo toda a través de las caricias”.

En esta vorágine de excitación auditiva, llegaba el quinto álbum de Soda Stéreo, “Canción animal” (1990). La portada del disco mostraba a dos animales apareándose bajo la siguiente lectura: “Para mayor placer animal, escúchalo a todo volumen”. En algunos países el material no pudo llegar a las disquerías. 

Los acordes sensuales, las metáforas eróticas, la sensualidad en cada estrofa fue la tónica. El placer por placer. Nadie hablaba de amor, menos de castidad. Ya antes Los Prisioneros habían dicho que “la virginidad era una cosa medieval”.

Fueron los años 80 y 90 una época romántica y libertaria. Un espacio de tiempo sin internet y por ende más cercana. Veranos donde el mejor carrete era abordar un Chevette (sin cinturón de seguridad), hacer sonar cassettes de rock latino y partir a la playa cantando desde Silvio a Sui Géneris. Momentos donde la mejor forma de demostrar que éramos libres era a través de nuestros cuerpos.