Los 80 y 90: Feromonas y rock

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest

Por Claudio Espinosa H.
@claudiomedial

Poco se ha escrito sobre la hipersexualización de los chilenos durante los 80 y 90. Dos décadas de cambio, libertad individual y colectiva que tradujo en conductas más agresivas en lo que social con un desbordante crecimiento de la industria alusiva al sexo.

El fin de la dictadura fue un momento clave en la historia de nuestro país. Y no solo desde el punto de vista político. Fue un instante donde las ataduras quedaron atrás y los chilenos salieron a la calle en busca de nuevas sensaciones de libertad.

Surgieron en plenitud los moteles como epicentros del amor cronometrado. Durante un período acotado de tiempo las parejas encontraron en este tipo de lugares el mejor lugar para tener relaciones sexuales. De la mano llegaron los driving, espacios donde el usuario entraba en su auto a pequeños estacionamientos. Allí un garzón atendía por la ventana del vehículo. La complicidad y tranquilidad era perfecta. El más conocidos en este ambiente era “El Sarao”, ubicado en Avenida Las Condes.

Hasta con piscolas

El boom de la educación universitaria privada hizo que manzanas del viejo Santiago (barrio República, principalmente) se convirtieran en polo de atracción. Y junto con las nuevas sedes académicas se instalaban los moteles en añosas casonas. El éxito comercial creció y se multiplicó la oferta. Ya no solo se ofrecía una habitación, sino que también un “regalo de la casa”: dos piscolas.

Fue el instante donde la prostitución encubierta de los café con piernas tuvo un boom. Enclaves famosos eran la Galería Plaza de Armas o el Caracol Bandera donde los parroquianos podían interactuar con las bailarinas a vista y paciencia de todos los clientes. El éxito trascendió el contexto histórico y hasta hoy viven este tipo de lugares en diversos puntos de la comuna  de Santiago.

El cine no estuvo ajeno a la sexualidad desatada de un Chile ávido de sensaciones. Primero a través de salas donde la cartelera eran películas de bajo presupuesto y donde las butacas eran empleadas para mantener relaciones sexuales. La industria era pujante e incluso avisaban en diarios de circulación nacional los éxitos. Una de las salas emblemáticas era el Cine Apolo.

Dirigido al mismo público iban los largometrajes de un pionero del cine porno criollo: Leonardo Barrera, director cinematográfico chileno responsable de variadas producciones, entre ellas el primer filme porno aceptado por el Consejo de Calificación Cinematográfico (CCC). Se trató de “Confesiones de una adolescente (ninfomaniaca)”. Sin embargo su ópera prima fue “Hanito, el genio del placer”. Después llegó “Apelación sexual”.

La historia cinéfila de Barrera se pierde con “La mina que se comió a los 33”, cinta dedicada a la historia de los mineros atrapados en la mina San José. Por falta de presupuesto, el rodaje nunca llegó a su fin.

Era marzo de 1987 y Sabrina (Salerno) lanzaba su tema “Boys” junto a un videoclip que la mostraba en una piscina luciendo un bikini blanco. Todo un ícono sexy que encendió las fantasías de una generación.

Discotecas como “Gente”, “Las Brujas” y “Casamilá” se convirtieron en favoritas. Para llegar a ellas era necesario ir en auto. Y si era un Renault 5 turbo o un Toyota Celica, mucho mejor. 

Entre las mejores de la época destacaba “Eve”, local que actualmente vive un resurgimiento. En la historia de la sala de Vitacura destaca una agitada noche de los años 80, cuando la cantante Grace Jones pidió ir a conocer el lugar después de grabar para el estelar de TVN “Vamos a ver”. Durante un tiempo el lugar fue adjudicado a Miguel Piñera y se cambió de nombre a “Studio 54” y, posteriormente, “Primitive”.

¡Uff uff, qué calor!

En los veranos, la hipersexualización de los chilenos tomaba otro cariz. El destino era la costa. Viña del Mar y El Quisco, en la zona central, eran los lugares más taquilleros para la época. 

Entre Reñaca y Concón figuraba un lugar inolvidable. En el reventón ochentero playero era imposible no pisar “Topsy”, una discoteca que tenía la denominación como exclusiva, pero que en rigor no discriminaba más que por los precios de las entradas.

El diario La Tercera publica en su edición web un párrafo sobre la historia de este mítico lugar:

– “Pensado como un lugar de recreo nocturno de elite, el Topsy se inauguró en 1967 con una fiesta en la que cantó el Pollo Fuentes (“Dirladada”) mientras Jaime Guzmán bailaba alegre con las hermanas de Jovino Novoa, según consignaba El Mercurio en una simpática nota a 20 años del asesinato del ex senador. Esa noche marcaría el comienzo de una larga historia discotequera que incluiría años dorados, bajón post Golpe y subidón ochentero con aquiescencia CNI, derivando en los 90 en un local masivo, de mucha promo y muy dado al ahuevonamiento, a la mocha surfer. Igual yo iba harto, todo olía a perfumes ácidos y tragos con azúcar flor mientras sonaban fuerte Night Train, Be my Lover, What is Love (Baby don’t hurt me)”.

Las noches terminaban en sexo en las dunas y frente al mar. Una liberalidad hippie y crossover digna de análisis. 

Los años 80 y 90 hicieron avanzar a un ritmo desenfrenado. Paren el mundo que me quiero bajar, tal como decía Mafalda. 

Era el mejor ambiente para que “Los Prisioneros” lanzaran uno de los temas más recordados –¿acaso alguno de sus éxitos no lo es?: “Sexo”. Una canción que resume el sentir de una generación:

– “Ya no hay que enroejecer, es cotidiano ya lo ves / Ahora la virginidad es una cosa medieval”, decía Jorge González en una de las estrofas de la canción.

El ambiente de los 80 y principios de los 90 estaba empapado en feromonas. Imposible dejar de mencionar el número 141. Al discar esos tres digitos en cualquier teléfono una voz entregaba la hora y la temperatura. Tras el mensaje quedaban escasos segundos que eran aprovechados por personas que vociferaban sus datos: “Hola! Soy Pedro y mi número es XXXXXX”. Eran instantes preciados para ampliar el abanico de “amigos”, ya que en el otro lado habían otros y otras. Algo así como un Tinder sin foto ni tiempo para dar a conocer quién eras. Si alguien captaba tu teléfono era una posibilidad cierta de conocer gente nueva. Curiosidades de una época.

El cuerpo humano poco a poco dejaba de ser tabú para una juventud en llamas. El año 1992 la actriz Patricia Rivadeneira protagonizó una performance desnuda en el Museo de Bellas Artes. Su objetivo: protestar contra la discriminación.

Mientras el arte se mezclaba en la sociedad con el desnudo como bandera de lucha, la prensa daba luces de los tiempos: el diario La Cuarta elegía a Miss Costa Azul y Miss Tanga. Era 1985 y no existían los elementos para juzgar este tipo de certámenes. Nadie hablaba de feminismo y menos cosificación de la mujer.

Era 1990 y el contenido sexual en las letras de las canciones era la tónica. El rock argentino era prolífico en canciones que invitaban a “hacer al amor” y Spinetta cantaba Sexo, amo tu sexo mujer/ No creo en nada si no hacemos el amor/ Sexo, como el de un niño al nacer/ Te veo toda a través de las caricias”.

En esta vorágine de excitación auditiva, llegaba el quinto álbum de Soda Stéreo, “Canción animal” (1990). La portada del disco mostraba a dos animales apareándose bajo la siguiente lectura: “Para mayor placer animal, escúchalo a todo volumen”. En algunos países el material no pudo llegar a las disquerías. 

Los acordes sensuales, las metáforas eróticas, la sensualidad en cada estrofa fue la tónica. El placer por placer. Nadie hablaba de amor, menos de castidad. Ya antes Los Prisioneros habían dicho que “la virginidad era una cosa medieval”.

Fueron los años 80 y 90 una época romántica y libertaria. Un espacio de tiempo sin internet y por ende más cercana. Veranos donde el mejor carrete era abordar un Chevette (sin cinturón de seguridad), hacer sonar cassettes de rock latino y partir a la playa cantando desde Silvio a Sui Géneris. Momentos donde la mejor forma de demostrar que éramos libres era a través de nuestros cuerpos.

Comparte con tus amigos

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×